Don Luis Navarro

Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla (Tomo II) > Don Luis Navarro

Búsqueda

Datos del fragmento

Páginas: 333 a337

Texto

[Pg. 333] Don Luis Navarro 1

La mejor manera de agradecer el honor que me dispensa el Ateneo con su invitación, paréceme que es aceptarla, para aportar siquiera a su trascendental información hechos de propia experiencia.

He presenciado y tocado la acción corrosiva, desmoralizadora y disolvente de varias oligarquías y de varios cacicatos en Andalucía, Aragón y Castilla la Vieja; me limitaré a exhibir los dos tipos que considero más infecciosos, más nefandos, verdaderamente sacrílegos... 2.

* * *

Hay quien ve en los gobernantes los únicos responsables de los males que sufre la nación; pero es fuerza reconocer que entre el Gobierno que comete el mal y el pueblo que lo consiente existe cobarde vergonzosa solidaridad.

Suelen ser los gobiernos reflejo, derivación o precipitado de las ideas, de los sentimientos y de las energías dominantes en cada tiempo en la sociedad; de aquí la sabida sentencia «cada pueblo tiene el Gobierno que se merece». Y quien dice Gobierno, dice forma de gobierno. España tiene la que tiene, verdaderamente afrentosa, porque no hace voluntad de mudarla por otra; porque todas sus fuerzas acaban en la lengua. La casi unanimidad de las personas que piensan y saben exteriorizar sus pensamientos, protestan en tonos vivos contra los abusos del poder, contra las concupiscencias de la aristocracia, contra los desafueros del pandillaje político; más luego, salvando tal cual excepción, tan enérgicos protestantes suelen ponerse en todas las contiendas electorales al servicio incondicional del poder abusivo y de sus más cínicas personificaciones. Prestigiosos directores de la vida municipal, que deploran a diario las ruinosas anormalidades que en los pueblos produce el cambio de funcionarios determinado por la alternativa de cacicazgos, huyen, sin [Pg. 334] embargo, con espanto cuando se les invita a firmar acuerdos que garanticen la inamovilidad y responsabilidad de los empleados municipales. Varones sesudos, religiosos, de cáscara catoniana, oráculos regionales que distinguen con los más severos apóstrofes al juez injusto, al cura inmoral, al funcionario prevaricador, al capitalista impío, se humanizan y deponen su fiereza y su austeridad ante el más ligero temor de que sufra menoscabo su bastardo predicamento. En todas las comarcas y pueblos abundan los hombres de formas correctísimas, a quienes un ligero sondeo presenta en nauseabunda desnudez. Hasta en Aragón, tierra hiper-épica según áureas leyendas, huele a cadáver; dígalo el hecho increíble que se encierra debajo de este nombre: Joaquín Costa...

Por otra parte, es muy español eso de vivir del ajeno favor y no del propio esfuerzo; se siente una inclinación irresistible a crearse una situación de privilegio, y nadie osa discutir los títulos de oligarcas y caciques. ¡Faltan hombres!

De ahí el remedio fundamental a nuestra situación: crear hombres, educar la voluntad, alumbrar entendimientos, formar caracteres. La regeneración de la sociedad ha de basarse en la regeneración individual; con ella la oligarquía y el caciquismo desaparecerán por sí mismos, sin esfuerzo directo por parte de nadie. Y si en eso han de fundarse todas las esperanzas, enderécense hacia eso todas las actividades y todos los recursos; hágase palanca del primero de los cuatro remedios orgánicos propuestos en la Memoria de la Sección del Ateneo: «fomento intensivo de la enseñanza y de la educación por los métodos europeos».

Sin olvidar, empero, el cuarto, relativo al poder judicial, al cual atribuyo eficacia decisiva. Porque la enfermedad ha llegado al grado máximo de su virulencia desde el momento en que ha invadido esa entraña noble el cuerpo social, desde el momento en que hasta hemos llegado a ver a uno de los más caracterizados suboligarcas de tal oficiar desde la presidencia del Tribunal Supremo y a otro desde el decanato del Colegio de Abogados de la capital de la nación. ¿Qué porvenir esperará a un pueblo que no pueda tener fe en sus tribunales, donde oligarcas y caciques operen con ese formidable instrumento que la [Pg. 335] nación creó para la realización y el triunfo de la justicia? El mismo Costa dice, en una de las notas de su trabajo, que «al punto en que disfrutásemos una justicia así, tal como la inglesa, no teníamos problema, porque era señal que la sociedad se había transformado, que la oligarquía había desaparecido». Hace esto concebir la esperanza de una no lejana curación, o por lo menos de una considerable atenuación del gran morbo español, sin acudir al remedio heroico que propone el autor, llevado de su fervoroso y desesperado patriotismo.

Veinticinco años de vida oficial me permiten afirmar que ya puede un juez triunfar de todas las asechanzas y de todos los obstáculos que en el cumplimiento de sus deberes le susciten el caciquismo y la presión jerárquica; que ya pueden las personas decentes ser funcionarios públicos. Los conozco de todos los órdenes que, a pesar de batallas muy rudas libradas en defensa de los fueros sagrados de la Justicia, llegaron impolutos al término de larga carrera. Les bastó para conseguirlo respetar y hacer respetar la línea que les separaba del campo de las concesiones. No hay ministro, oligarca ni cacique que se atreva a insinuarse delante de un juez íntegro, de un funcionario de probidad acrisolada. Lo que hay es que el juez digno de tal nombre y oficio, que el funcionario íntegro y probo encanecen en las más bajas categorías, mientras aquellos otros que se muestran dúctiles y flexibles ascienden con vertiginosa rapidez. He ahí una de las cosas a que más urge poner remedio.

Urge, sí, reducir al mínimum posible la superficie de contacto del orden judicial con el cacique; y disponer las cosas de forma que no puedan los gobernantes premiar como mérito servicios prestados al caciquismo. Es preciso para ello suprimir los turnos sarcásticamente llamados «de mérito». Imposibilitado el ministro para la prestación de favores a los jueces (ascensos, traslados ventajosos, etc.), se habrán extinguido las funestas dinastías burocráticas y secado el más copioso manantial de prevaricaciones. Hasta que demos con la cantera de los ministros justos, los funcionarios dignos y propiamente beneméritos tienen que resignarse a no aspirar a otro galardón que la permanencia en sus cargos y los ascensos por el turno único de antigüedad, y en todo caso, la inefable satisfacción del deber cumplido. Y así, organizada la administración de justicia sobre este pie «ingreso [Pg. 336] por oposición, ascenso por antigüedad», habrá desaparecido la superficie de contacto a que acabo de referirme: la independencia de jueces y magistrados habrá quedado firmemente asegurada.

Es preciso también que las personas dotadas de cierto grado de austeridad, de civismo y de independencia aviven la acción social, infundan en las oprimidas muchedumbres el sentimiento de la propia dignidad para que se muevan a levantarse de su abatimiento y planten cara al cacique y lo venzan con las armas de la ley y sus complementarias o supletorias. Que esto no es ninguna fantasía ni ningún «cogi li pulgui», lo acredita lo que ha hecho un artesano modesto, pero de voluntad firme, en una importante población de Andalucía, y que puedo referir como testigo presencial.

Se trata de la circunscripción electoral de Córdoba, constituida, entre otros, por los partidos judiciales de Bujalance y Montoro. Hace más de un cuarto de siglo que aquellos pacientes andaluces soportan un régimen caciquil de lo más típico en su clase y que no carece de originalidad. Es el distrito en cuestión feudo, alternante en apariencia, simultáneo en realidad, de dos ex magistrados del Supremo, liberal fusionista el uno, conservador el otro y cuñados entre sí. Su cuñadazgo es tan efusivo, que se ha comunicado a los dos bandos, de forma que en todas sus exteriorizaciones políticas... y administrativas, los satélites o clientes del uno aparecen o se muestran como cuñados de los del otro. Entrambos (bandos) reconocen la jefatura inmediata de un don Bartolomé (a) «Tolico», ecónomo ambidestro del personaje liberal y del personaje conservador. Cuando mandan los conservadores, Tolico caciquea como delegado de don A.; cuando les han sustituido los liberales, Tolico blande el rayo y expide ukases como plenipotenciario de don B. Su imperio es tan absorbente, que la vida entera de la comarca puede decirse está pendiente de él; cuando la sequía abrasa los campos, los montoreños dicen: «No conviene a Tolico que llueva». Ya se supondrá, sin necesidad de decirlo, que en toda la extensión del feudo, alcaldes, jueces y párrocos, con alguna rara excepción quizá, están perpetuamente toliqueados.

Los que con más arranque y fortuna han pugnado por hurtarse a tan humillante situación, han sido los braceros del campo [Pg. 337] y los menestrales. En una de sus campañas aprendí yo que ciertas transformaciones tenidas en España por imposibles, no se verifican porque no hay quienes quieran poner en juego medios adecuados que se hallan al alcance de una mediana voluntad. Antonio González Regalón es un zapatero de Bujalance muy inteligente, de imaginación viva y fogosa, de fácil y sugestiva palabra; brioso paladín del Derecho. La más pequeña sinrazón subleva su temperamento nervioso. «Ya encontré, me dijo un día, la fuente del caciquismo y el medio de cegarla: ya me doy cuenta de por qué son beatos los caciques...» Y emprendió una activa propaganda entre los trabajadores, explicándoles de qué modo, para suprimir a los «Tolicos», intermediarios crueles entre los ciudadanos y la autoridad, y hacer a aquéllos órganos directos y únicos de su propia soberanía, había que principiar por secularizar el Estado, a causa de la relación que él establecía entre aquella mediación política y la mediación religiosa de los fieles con Dios mediante el sacerdote y el influjo que suponía había ejercido en la primera la práctica secular de la segunda. «Al robarnos el sufragio, añadía, se nos roba la esperanza de emanciparnos, y, por tanto, indirectamente se nos provoca al asesinato. Hay que recabar una reforma en el Código penal que afirme la irresponsabilidad del que por defender su honor de ciudadano ejecuta hechos inicuamente calificados hoy de delitos». Con tales ideas produjo Regalón un desperezamiento en los cerebros de las huestes obreras, quienes, en inolvidables contiendas electorales, triunfaron en Bujalance del suboligarca, director o gobernador entonces de una alta entidad bancaria, y ennoblecieron el Ayuntamiento con una representación anticaciquil, cuya moralizadora gestión mereció a las primeras autoridades de la provincia los más entusiastas plácemes.

El hecho encierra una gran enseñanza, que seguramente sabrá apreciar el Ateneo.

LUIS NAVARRO RAMÍREZ

Mayo, 2 de 1901

Volver Arriba

Notas


[Pg. 337]1 Abogado, Registrador de la propiedad, promovedor de asociaciones de socorros mutuos y de escuelas de adultos.

[Pg. 337]2 Con sentimiento, la Sección se ve obligada, por razones obvias, a suprimir esta parte, tan instructiva, del testimonio del señor Navarro.

Volver Arriba