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Reconstitución y europeización de España y de otros escritos > Estudio preliminar: interpretación política de Joaquín Costa, por Sebastián Martín-Retortillo y Baquer

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Páginas: IX aXXX

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[Pg. IX] ESTUDIO PRELIMINAR

por Sebastián Martín-Retortillo

Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

[Pg. X]

[Pg. XI] Aproximación a Joaquín Costa

I. Interpretación política de Joaquín Costa. Es el tema polémico y apasionado al que trato de aproximarme en estas páginas introductorias. Y ello, siendo muy consciente de las dificultades que encierra; de modo fundamental, por las numerosas interpretaciones llevadas a cabo, simplistas y parciales, que, con harta frecuencia, no han sabido captar toda la complejidad del pensamiento de Costa, cargado de matices y con no pocas formulaciones contradictorias. Se olvida con frecuencia que hay «varios» Costas, difíciles de relacionar entre sí y, desde luego, que no es posible categorizar su obra de modo uniforme.

Estas circunstancias requieren extremo rigor en cualquier análisis que intente realizarse. Sólo así cabe evitar planteamientos fragmentarios y, por ende, equívocos. En el bien entendido, además —aunque a ello haya de referirme después—, que ya desde el comienzo debe notarse que de la múltiple y polivalente personalidad de Joaquín Costa ha trascendido, de modo muy principal, aquella en la que su discurso es grito y desgarro desde su encierro en las montañas del Alto Aragón. El Costa que mayormente se ha proyectado es el Costa tonante, el del redencionismo a ultranza. Es el Costa condicionado por su estado de salud, en medio de su agobiante soledad y marcado además por la honda y amarga tristeza que le produce la situación del país. Es, como diría Marías, el Costa que truena contra todo. Planteamiento éste de su pensamiento que culminará con su encierro en Graus y que, en cierto modo, [Pg. XII] hará quede marginada toda su obra anterior. Al menos, en orden a su popularidad y a la divulgación alcanzada.

Necesidad, pues, de superar cualquier valoración parcial y fragmentada a la que pueda conducirnos la propia complejidad de la obra de Costa. Necesidad, también, de plantear cualquier enjuiciamiento de la misma del modo más conjunto y global que sea posible. No debe olvidarse que son muchas las facetas a considerar.

El tema enunciado se dificulta todavía más al observar que, como consecuencia de la propia complejidad del pensamiento de Costa, su huella aparece en autores y en situaciones variadas por demás. Tendremos ocasión de referirnos con detalle a este fenómeno. A su vez, y ya desde otra perspectiva, la estrictamente política, fácil es observar cómo se trata de vincular a Costa, con marcada unilateralidad, a opciones políticas muy concretas y determinadas, contradictorias muchas veces entre sí. Todos se consideran custodios y depositarios de su pensamiento. Todos quieren también usufructuarlo. Ayer y hoy, los «costistas de boquilla», como con acierto los calificó García Escudero, han sido —y son— demasiado frecuentes. Y casi ninguna de estas actitudes puede resistir con rigor el más mínimo análisis.

El conjunto de circunstancias expuesto dificulta tremendamente cualquier análisis que pretenda realizarse. Así, para unos, hay un entronque, discutible por demás, con el pensamiento ilustrado. Por su parte, el pensamiento socialista insiste, e insiste con razón, en el análisis del Colectivismo agrario, aunque yerra al tratar de extrapolar tal valoración concreta como determinante fundamental de toda la concepción política de Costa. Lo mismo harán no pocos autores de significación anarquista, insistiendo en sus trabajos sobre la libertad civil, el pacto social y en su reiterada posición frente al Estado. Otros, sin fundamento alguno y con evidente ligereza, han tratado de configurar dogmáticamente un Costa prefascista —olvidando la realidad política y el entorno en el que aquél vivió— pretendiendo con ello resolver de un golpe, en el más puro nominalismo, toda la complejidad de la obra y del pensamiento de Costa que, para otros, como Unamuno, tiene ecos, directos y vivos del pensamiento tradicionalista.

Tal es la situación con la que nos encontramos. De todos modos, no concluye con ello la complejidad de los extremos [Pg. XIII] a ordenar y aclarar. La huella, la huella profunda de Costa, aparece en una muy variada e inconexa gama de alternativas políticas. Una formulación que, con arraigadas raíces históricas, puede decirse que llega hasta nuestra historia más próxima. Así, las dos grandes disidencias del esquema clásico de la Restauración —Canalejas y, de modo muy especial, Silvela— rezuman por todas partes del pensamiento costista. Costista es Gasset y lo sería también D. Antonio Maura: tanto el joven Maura, que desde el gamacismo se inicia en la política, como el enérgico y más tarde decepcionado de «la revolución desde el poder». El Ortega de la primera época, el que con claridad expresiva y nervio político inigualable formulará la necesaria «redención de las provincias», presenta también una indudable influencia de Costa: «ninguna figura española suscita una mayor adhesión en el Ortega mozo —ha podido escribir Julián Marías— que el Costa declinante de sus últimos años». Su pensamiento está también presente durante toda la época del Directorio militar. Y ello no sólo en lo que se refiere a todo el planteamiento de la política hidráulica, sino también en lo relacionado con el régimen local; así, Calvo Sotelo expresaba la preocupación habida en la elaboración de los Estatutos de tener muy en cuenta el pensamiento de Costa en materia local.

La huella del costismo, con su retórica exacerbada, aparece también en no pocos textos de Indalecio Prieto. También habría que ver hasta qué punto Marcelino Domingo no toma directamente de Costa su empeño en «desenvolver la mentalidad de los españoles», o el propio D. Fernando de los Ríos las raíces de su organicismo institucionalista. Incluso, y en época posterior, tras el lamentable silencio que en los años inmediatamente posteriores a 1939 rodeó todo lo relacionado con su figura —y del que sería muy ridícula expresión que se cancelara el nombre de Costa al pantano que baña la villa de Graus—, Costa volverá muy pronto a ser tema de moda. Recordemos cómo los tecnócratas desarrollistas de los años 60 se referirán también con inusitada insistencia a Joaquín Costa, tratando de fomentar la despolitización del país —se dirá que hasta alcanzar una determinada renta per capita—, apoyándose a sus efectos exclusivos en no pocas soluciones —soluciones, diríamos, administrativas—, silenciando [Pg. XIV] totalmente la fundamentación y el contexto en que Costa las había formulado.

Tal es la situación que se nos presenta. El vasto y heterogéneo pensamiento de Joaquín Costa ha inspirado un sinfín de actitudes distintas y ha servido, además, de bandera a no pocas ideologías contrapuestas, que han valorado, en lo que podía interesarles, generalizándolos, aspectos muy parciales de su obra. Obra compleja; a mayor abundamiento, su análisis requiere superar todo un conglomerado de aduladores o encomiastas a ultranza, cuando no críticos exacerbados. Sólo así es factible situarla en los términos más objetivos posibles. De ahí la necesidad de superar la imagen, la impresión, que de la obra de Costa pueda tenerse, con el fin de adentrarse seriamente en el enjuiciamiento y estudio de la misma. Sólo así, superando el fango lírico que, como diría Ortega, ha caído sobre nuestro autor, es posible que la interpretación a la que se llegue pueda tener un mínimo de consistencia.

Lo que he señalado con carácter general es válido para cualquier análisis que trate de llevarse a cabo. En relación con la obra de Costa, y por las circunstancias expuestas, aparece como auténticamente ineludible un planteamiento que permite cuestionar además muy seriamente la validez misma de todos los intentos de categorizar con un nombre, con una etiqueta, un pensamiento heterogéneo y asistemático, cargado además de matices en extremo diferentes. Es en este punto donde hago hincapié, cuestionando los planteamientos mismos que desde tal perspectiva pretenden ofrecerse y, consecuentemente, los resultados, cualesquiera que sean, que desde ella se alcancen.

No cabe enfrentarse con partes aisladas de la obra de Costa —resultado de épocas muy concretas—, ni asumir su valoración desde perspectivas parciales. Necesidad, pues, de asumir una perspectiva muy matizada y de conjunto, tarea que, de modo muy esquemático, trataré de formalizar sobre la base de las dos líneas argumentales diferentes. Por una parte, saber intelectual; por otra, saber —y quehacer— político. Son, en mi opinión, las coordenadas que pueden servirnos de punto de arranque en esta aproximación de conjunto al pensamiento de Joaquín Costa.

[Pg. XV] 2. Saber intelectual. Resultado de una inquietud, de un esfuerzo y de un tesón que no puede por menos sino causar una honda sensación de estupor y de asombro. Asombro que se acentúa, todavía más, si consideramos el momento en que Costa vivió y los medios de que Costa dispuso. Y en la base de todo ello un inusitado afán de saber. Era algo muy íntimo, muy vinculado a su propia personalidad. Muy joven todavía, escribía (*), el 16 de diciembre de 1867: «¿Cómo he de ser jamás dichoso si me acecha la sed insaciable, la ambición de gloria que me consume? ¡Ambicioso yo, y decía lo contrario! Sí, sí; ambicioso; una ambición que no ha de saciarse, ni siquiera empezar a ser satisfecha. Mi ambición era la gloria, pero la gloria de la juventud. ¿De qué me sirven los laureles sobre el sepulcro? Mi ambición es ciega. Tengo veintiún años y quisiera saberlo todo, y como no lo sé, quisiera estudiarlo todo. ¡El día es tan corto, y aún hay que emplearlo en ganar el sustento! ¡Oh! ¡Que este amor por la gloria no se pueda convertir exclusivamente en amor de los semejantes!» Afán de saber, en siempre mantenida inquietud, que de modo permanente trata de abrir, de descubrir nuevos horizontes y que harán de Joaquín Costa un profundo investigador y un pensador singular.

Es en esta faceta concreta del pensamiento de Costa en la que sí cabe señalar una posición en extremo definida a la que, en cierto modo, responderá toda su obra. Me refiero a la impronta del pensamiento institucionalista que aparece profunda y clara. Costa jugó, además, un importante protagonismo en la Institución Libre de Enseñanza. Fue maestro de ella y, en los primeros pasos de la misma, contribuyó con todas sus fuerzas a forjar sus principios e ideas pedagógicas. Los testimonios expresos de Cossío y de Azcárate sobre este punto concreto son expresivos por demás. La doctrina krausista —y así ha sido notado reiteradamente— es clave para la comprensión [Pg. XVI] de su obra. En opinión de Cossío, Costa fue esencialmente krausista, extremo que comportó muy abundantes consecuencias en cuanto de ello se derivaba un profundo sentido ético y la creencia firme de que jamás podrían separarse las ideas del hecho. El pensamiento conformó con su ascetismo la propia forma de ser de Costa: «Entre el conocimiento y la vida —recoge Azcárate— tenía que haber más que una perfecta asociación, una unidad perfecta. La conducta habrá de ser siempre reflejo de las ideas, y ésta fue, sin duda, la más grande enseñanza que Costa aprendió de aquella plaga de pensadores.»

El krausismo, como sabemos, comportó una actitud humana que en nuestro caso se proyectó, además, hasta lo anecdótico y trivial: así, por ejemplo, en ese siempre mantenido contacto con la naturaleza. Recordemos a Costa recogiendo fósiles en las montañas oscenses para incrementar la colección de la Institución. Actitud intelectual que se hace también actitud humana y que conduce, además, a algo que en Costa es determinante: junto al afán de saber hay un permanente afán de enseñar. Costa fue un pedagogo singular, un educador permanente. Enseñar fue actitud constante en su vida. Incluso su posterior actuación política es difícil entenderla al margen de esta perspectiva. Acción suasoria, correctora de actitudes, de comportamientos. Y el krausismo no sólo determina esa actitud personal, que es a la vez interrogante y oferente, sino que, como es lógico, enmarca además las bases científicas de su pensamiento. Ahí está la configuración que asume del individuo en el marco de los distintos grupos sociales, grupos que defenderá con marcado tesón propugnando su autarquía, de modo principal, frente al propio Estado. Partiendo de esta fundamentación, es como de modo permanente tratará de llevar a cabo una comprensión de la realidad global de cada uno de los temas que analiza, lo que le conduce a la valoración de la realidad social. Valoración que representa, obviamente, una indiscutible disidencia de los planteamientos tipo de carácter liberal. Contraste evidente, que ya notara don Claudio Sánchez Albornoz al referir cómo no pocos pensadores liberales asumen formulaciones más propias del pensamiento tradicional, y que les llevan a considerar a Joaquín Costa entre aquellos liberales exaltados que en algún sentido hay que entender como prisioneros de las propias tradiciones.

[Pg. XVII] Hay en ello, como puede verse, un planteamiento que en cierto modo puede considerarse contradictorio. Joaquín Costa liberal: jurídicamente no será nunca positivista. Sus planteamientos, por el contrario, responden básicamente a una marcada preocupación que hoy calificaríamos de sociológica, desde la que fácilmente alcanzará posiciones historicistas. Un historicismo, sin embargo, que, como Legaz notó, conviene diferenciar muy mucho del historicismo conservador propio de la Escuela histórica del Derecho. Tematización, pues, de la realidad partiendo precisamente del estudio de lo que es y de cómo se ha generado esa misma realidad. Costa historicista: Para explicar el ser —incluso el deber ser—, necesidad de acudir a la historia: la historia como explicación determinante del ser de los pueblos. Estos son —y deben ser— los auténticos protagonistas de la vida política. No simples espectadores. El pueblo, incluso, frente al propio Estado. El pueblo, también, como fuente última del derecho. De ahí el valor jurídico del hecho social; también, el valor de la norma consuetudinaria.

La realidad es siempre el dato primario a considerar. De ahí la complejidad y dificultad de los análisis que trata de llevar a cabo. No basta el simple análisis de la forma —en muchos casos, la legislación—: hay que ahondar en la realidad, en lo que verdaderamente es una institución o una determinada figura. Así, por ejemplo, en esa obra auténticamente sorprendente que es su Colectivismo agrario —en la que se analizan los sistemas de producción de carácter comunal—, por encima de todo, lo que Costa trata es de enjuiciar cuál es la realidad de los pueblos en aquella época. Y en esta misma línea están todos sus estudios sobre bienes comunales, sobre los montes municipales, sobre la ordenación y gobierno de las distintas comunidades locales. Y con carácter general: La vida del derecho, Teoría del hecho jurídico individual y social.

Desde esta misma línea metodológica, expondrá en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas aquel bellísimo discurso sobre La ignorancia de las leyes, con el que reacciona frente a la tesis del Código Civil de que «la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento»: insiste en la necesidad de paliar este precepto, que está apoyado en la vana presunción de que todos los españoles leen día a día la «Gaceta», presunción que si todavía hoy puede enjuiciarse críticamente, [Pg. XVIII] nada hay que decir de cómo podía serlo cuando Costa escribe su discurso.

Tematización de la realidad existente y de cómo se ha generado. Es también desde esta perspectiva de donde planteará su conocida tesis sobre el caciquismo. Costa no estudia el caciquismo en abstracto, sino como forma de gobierno real del país. Se trata de constatar las tres conocidas valoraciones de quien ejerce el poder, cómo lo ejerce y para qué lo ejerce. Un planteamiento desde el que formalizará también aquella conocida contraposición —que años más tarde se generalizaría— entre la España real y la España oficial: el país oficial, el de la «Gaceta», el de los partidos políticos, las órdenes ministeriales, es uno. El poder, sin embargo, no está en quien dice la Constitución: el poder está en los caciques, detentadores reales del poder efectivo.

Afán desbordado de saber. Y ello con una amplitud que causa realmente asombro. Costa fue, sin duda alguna, expresión muy característica del que podemos considerar saber excepcional de su tiempo. Costa polígrafo. Y polígrafo ambicioso, dándonos testimonio de una permanente forma de aprehender el saber. En 1900 sorprenderá a los jurisconsultos aragoneses dando a la luz el Derecho consuetudinario del Alto Aragón, conocido sólo hasta entonces por quienes lo vivían. Y están sus trabajos sobre la reorganización del Notariado, sobre el valor de los juicios periciales, sobre la reforma de la fe pública, sobre los fideicomisos, sobre la Administración municipal. Y sus obras sobre materias agrarias, preocupación siempre latente desde su juventud. Y su tratado de política sacado del refranero y del romancero castellano, y sus estudios sobre la religión de los celtíberos o sobre el mito solar de los turdetanos. También, los relativos a política arancelaria y a ordenación de transportes. Y los muy numerosos sobre geografía de las regiones africanas, y sobre tantos y tantos otros temas.

Insaciable curiosidad de saber la suya, que es preciso valorar con justeza, aun con las contradicciones mismas que contiene, para comprender y completar así su trayectoria posterior en la que su obra, su obra política, no tiene ninguna conexión con la que ahora analizamos. En mi opinión, el Costa polémico, el que truena en Graus, en Barbastro, o en Huesca, el que moviliza a la pequeña burguesía o el que en religiosa peregrinación baja de las montañas de Ribagorza a oponerse [Pg. XIX] al proyecto de ley de Maura sobre el terrorismo, ha oscurecido injustamente al Costa abogado del Estado, notario, opositor y juez de cátedras universitarias, investigador de primer orden; al amigo de Giner, al profesor de la Institución, al maestro de «la ignorancia del derecho». Sólo silenciando todo esto, tan importante y fundamental, se ha pretendido convertir a Costa en símbolo y bandera política de una secuela de gentes que él hubiera sido el primero en rechazar.

Saber intelectual, saber científico. Con los errores, con el arbitrismo que se quiera. Pero también con esa inaudita consistencia, con esa extrema fortaleza que notaron ya, entre otros, Hinojosa, Altamira, Menéndez y Pelayo y el propio Sánchez-Albornoz. «Era maravillosa su diligencia —escribió el primero de los autores citados— para allegar y utilizar los materiales necesarios para sus trabajos; espíritu soberanamente constructivo, no menospreciaba, sin embargo, el análisis menudo o minucioso. Leía inmensamente, y el fruto de su sed insaciable de lecturas hallaba amplia colocación en los vastos casilleros de aquel cerebro maravillosamente organizado. Su mirada penetrante, como de águila, sabía desentrañar de entre el cúmulo de detalles secundarios lo que constituye la esencia, la originalidad de cada doctrina.» Sorprendente saber intelectual el suyo, que en la forma expuesta refleja D. Eduardo de Hinojosa. Un saber amplio, vasto y dilatado que, sobre todo, quiere ser un saber real y, para ello, un saber histórico.

3. Crisis de la Restauración: años finales de siglo. Se acentúa la sórdida situación del país. Concluye el viejo imperio colonial. Es la crisis que precede y sigue al 98, con lo que ella significó. García Escudero la ha descrito con extrema justeza: «Lo aparentemente sólido se resquebrajó y lo que se tenía por firme se bamboleó... No fue sólo que nos venciera un país incalculablemente más fuerte: fue que se probó que no teníamos Estado.» Y el país languidece. Es la España sin pulso de Silvela, y la quiebra de las estructuras formales que la Restauración había tratado de establecer.

Costa lleva a cabo entonces un cambio radical en sus planteamientos. Será, también, un cambio hondo y profundo en la temática a la que dirige su atención, en la forma misma de expresarse...

[Pg. XX] En esos años surgirá en la vida cultural española toda una generación de valor inestimable que, afanosa y noblemente, buscará captar y conocer la realidad española. Y ello desde la aprehensión estética de esa misma realidad. Una realidad, sin embargo, que en muchas ocasiones no irá más allá de la belleza objetiva de la luz y del campo, o de la «sustanciosa» contemplación de unos tipos más o menos pintorescos, o de la armónica sonoridad de unas expresiones dialectales. Asunción fundamentalmente estética de nuestro ser y de nuestra realidad —«no fue por estos campos el bíblico jardín»— que, como ya ha sido notado, sacará del paisaje todo su drama y su misterio, pero que frente a las condiciones vitales, frente a las condiciones humanas que en esa misma realidad existen, adoptará casi siempre la fría y ajena impermeabilidad de quien simplemente pasa. De la tierra «limpia, desnuda, intacta e inconsciente» quedará sin ser atendido «el hombre de estos campos...».

Junto a estos planteamientos fundamentalmente estéticos, y sin perjuicio de sus inestimables valores, están los que, frente al llamado problema español, asumen una actitud renovadora, de reforma de las estructuras sociales y políticas existentes. Para que el país viva será necesario hacer; para que despierte, obrar. Son los regeneracionistas, arbitristas todos ellos y apóstoles, como Laín los calificará: Isern, Macías Picavea, Lucas Mallada y, sobre todo, la figura fundamental de Joaquín Costa.

Frente a la situación del país, frente a la realidad de nuestra vida social, aparece el empeño regenerador de Costa que le va a llevar a enfrentarse con una serie de nuevas realidades con un evidente afán corrector. Se inicia en su obra una nueva singladura temática. También un tratamiento distinto de las cuestiones que contempla. Toda su obra va a tener ahora una proyección dinámica: se trata de establecer siempre un hacer, que se proyectará en mantenida y constante tensión, para alcanzar unas metas que, en todo caso, han de rectificar la situación existente.

Costa, espléndido retórico, acentúa ahora esta condición. Lo que antes fue un saber puramente intelectual, riquísimo y múltiple, se convierte ahora, al servicio de la redención de España, en un redencionismo violento y austero. Su obra presentará a su vez un indiscutible carácter programático: son [Pg. XXI] proyectos, programas de cambio, que alcanzan a veces hasta las situaciones más singulares y concretas. De ahí que, más tarde, ante el creciente convencimiento de la imposibilidad de cambio o de rectificación alguna, le invada poco a poco una inmensa amargura. Habremos de verlo. Desde su agobiante ascesis, diagnostica Joaquín Costa el presente y el futuro de la patria; al no vislumbrar rectificación, clama ante la insensibilidad, se enerva ante la rigidez y el silencio. Insensibilidad y silencio de los gobernantes. Son éstos los primeros responsables. Hay que prescindir de ellos. Todo está en corrupción. Hay que volver a la «realidad natural» de los grupos y de las fuerzas sociales. Planteamiento equívoco por demás, como muy lúcidamente notara ya Ortega: «Por eso no pienso como Costa, que atribuía la mengua de España a los pecados de las clases gobernantes, por tanto, a errores puramente políticos. No; las clases gobernantes durante siglos —salvo breves épocas— han gobernado mal no por casualidad, sino porque la España gobernada estaba tan enferma como ellos... Toda una España —con sus gobernantes y sus gobernados—, con sus abusos y con sus usos, está acabando de morir.» Es esclarecedor este texto de Ortega frente a muchas críticas que siempre ha recibido Costa. ¿Había realmente el pueblo que se requería? El mismo Costa rectificaría planteamientos anteriores. El juicio transcrito sería también la conclusión a la que en última instancia llegaría Costa. No cabe exonerar a nadie. En definitiva, también falta de adhesión de todo un pueblo; un pueblo —dice— que como rebaño camina hacia el despeñadero...

La obra de Costa sufre así una inflexión profunda. Es algo que conviene tener muy claro. Ya vimos que había varios Costas. Lo que ahora le preocupa, lo único que le preocupa, es la regeneración del país. Costa busca hombres. Y el no haberlos sabido dar, es la gran objeción que formula a la Restauración: «Caímos porque no tuvimos un hombre al frente.» Y los que hay, deben irse o deben ser arrojados. En tal sentido, apostilla el discurso de Sagasta a las minorías parlamentarias cuando señalaba que la situación de España no era tan desgraciada, pues peor quedaron Prusia y Francia, indicando que «el Sr. Sagasta se olvidó de decir que el Sagasta de aquellos países, el prusiano que había conducido a su nación a la paz humillante de Tilsit, el Sagasta francés que había precipitado [Pg. XXII] a su nación en la apocalíptica noche de Sedán y en el bochornoso tratado de Frankfurt, se retiraron del poder o fueron sustituidos en él por hombres inculpables que no habían injuriado nunca al país».

Costa busca hombres nuevos. También, y como medida extrema, «el cirujano de hierro» que desde el poder afronte la renovación del país sacándonos de los trescientos años de retraso que, según él, llevamos del resto de Europa. Europa como preocupación constante en Costa. Lo veremos después. También, y junto a ello, la revolución desde el poder. Acepta que ciertos individuos, ciertas corporaciones, pueden y aún deben «imprimir a la sociedad un movimiento que por sí no habría ella alcanzado ... eso sí [concreta, y la concreción es importante], tal régimen ha de ser sólo temporal y transitorio: tan pronto como el impulso esté dado y el movimiento promovido ... el estadista o la clase social que asumió aquel papel debe eclipsarse totalmente, sin pretender prolongarlo ni un minuto más». Tesis del cirujano de hierro, formulada en texto tan expresivo como el que acabamos de transcribir —los subrayados son míos— que no permite equívocas y parciales interpretaciones del pensamiento de Costa, como la conocida de Tierno Galván, que, obviamente, no resiste el más mínimo enjuiciamiento crítico.

En este sentido —y aunque pudiera parecer paradójico—, Costa anda muy lejos de la demagogia. No le pasa por alto, sin embargo, que si se obstaculiza esa «solución muy honda y radical hecha desde el poder», si «se difiere de tal modo —son sus palabras— el tratamiento heroico que el país imperiosamente reclama, el malestar, el desasosiego interior, se derramará en estallidos irregulares; los gritos de viva Francia, el anticlericalismo, los motines, las huelgas industriales, se propagarán como erupción interna reveladora de un ciclo interior, de un vicio de la sangre, que el poder público no ha sabido ni prevenir, ni siquiera medicinar». Esa fue su advertencia, una advertencia, tópica si se quiere, pero que la cerrazón de la oligarquía y de la clase política española en ningún momento supo percibir ni comprender.

Al final, lo que comenzó siendo denuncia se convierte en grito. Lamenta no haber encontrado hombres. Lamenta que el país, el país entero, no haya sabido reaccionar contra la clase política. Es, entonces, cuando lamenta también su error. [Pg. XXIII] Su equivocación es haber confiado; haber creído que era posible el cambio. El mal es un mal endémico, consustancial. No tiene solución. Y del lamento, pasa al insulto. «Eunucos —escribió en un periódico de Sevilla—, porque ha sido el pueblo el que en vez de excluir a aquellos hombres que les llevaron a la ruina los ha mirado indiferente pasar por delante con sus urnas electorales y demás tramoyas de la gobernación; el pueblo, el que ha sufrido que le tomaran tranquilamente la bolsa, sin dejarle siquiera para sanarse de sus heridas recientes con escuelas, caminos y otros medicamentos semejantes, y se ha dejado una y otra vez que le pusieran el pie al cuello sus cuadrillas de caciques y sus enjambres de jueces, de procónsules y de frailes; el propio pueblo español, el que ha desoído las voces de Europa que le incitaban a mudar de conductores y de mayorales, prefiriendo agonizar con ellos, a revivir con los Giner y Posada, los Cajal y los Rubio, los Mallada y los Sardá, los Galdós, los Unamuno, los Alcubilla y Oloriz.» Y concluye Costa su comentario en el periódico sevillano: «Hace algunos años, cuando más enardecida estaba la situación, en la Introducción al libro de Querol, dije que España era una nación unisexual, compuesta de dieciocho millones de mujeres. Cuando ahora vuelvo la vista hacia atrás, y contemplo en una mirada al inmenso rebaño del pueblo español en el fondo del despeñadero, mirando indiferente, con los ojos mortecinos y estúpidos de unos carneros, y jugar a los conductores del país sobre sus destinos, sobre su libertad, y sobre su bien, comprendo el agravio que hice a las mujeres. España no es una nación unisexual, es una nación sin sexo, no es una nación de mujeres; es una nación de eunucos.»

4. Costa llegó tarde a la política. Actuaciones muy concretas y esporádicas. Casi todas ellas quedan reflejadas en los trabajos recogidos en este volumen. De todos modos, no puede decirse que tuviera una dedicación permanente a la política activa. Su popularidad, sin embargo, fue grande. Se ha hablado, incluso, de que en algún momento se postuló su candidatura para que formase Gobierno. No obstante, y más que sus intervenciones concretas, lo importante en esta faceta es el mantenido afán renovador que en esta etapa trasciende a toda su obra. Y ello en base a unos criterios muy concretos. Frente a la concepción formal de la política —diríamos, la política [Pg. XXIV] como discurso—, primacía de acción. Acción política que, además, debe ser concreta y, básicamente, debe suponer una tarea de liberación sustantiva del hombre.

Legaz Lacambra analizó con detenimiento este último punto, en el que, por su importancia, merece la pena detenerse. Frente a la formulación puramente formal de la libertad, entendimiento de la misma, en su «sentido concreto». La meta de toda acción política es la liberación espiritual del hombre, que sólo puede alcanzarse a través de la liberación económica. Dignificación sustantiva de la vida humana. Permanente y profunda crítica a las libertades formales.

Toda la acción política debe tender a lograr la liberación económica y, también, la liberación afectiva del hombre. Se trata de una idea que, como auténtico postulado, reitera Costa en términos por demás expresivos. «Porque la libertad es una palabra vana y las Constituciones una planta seca». Desde esta perspectiva zahiere sin piedad a los propios políticos liberales que sólo se han ocupado de «escribir libertades en la "Gaceta"». «El rico es libre siempre, aunque viva un régimen de despotismo, y el pobre es siempre siervo, aunque viva bajo un régimen democrático y republicano.» La libertad no se alcanza a través de vanas declaraciones. «El Canal de Tamarite introducirá en la Litera mucha más libertad que pueda hacerlo una Constitución, aunque la redactaran juntos Danton y Robespierre.»

Es ésta la base, el fundamento último de la concepción política de Joaquín Costa. No es posible olvidarlo. No cabe reducir ni minimizar el significado de sus planteamientos, reduciéndolos a las acciones concretas y puntuales que postularía en desarrollo y concreción de esas ideas motrices. Acciones concretas, sí, que están ahí, pero en todo caso hay que tener en cuenta que se trata de acciones impulsadas por esa fuerza básica que es la liberación sustantiva del hombre.

Y en desarrollo de esta idea motriz, la concreción llevada hasta sus últimos extremos. Resulta curioso que quien ha pasado a la historia como arbitrista retórico, proponga una acción política integrada por una serie de programas singulares y muy específicos que son todo menos retórica. Concreción. Escuela, despensa, riegos. «El hambre no es católica ni protestante; ni monárquica ni republicana». Una línea argumental postulada por Costa de modo permanente y que causaría [Pg. XXV] en su tiempo una lógica extrañeza. Así, «El Ribagorzano», periódico que, como es sabido sería portavoz oficioso de su pensamiento, refiere el desconcierto que causaría uno de sus célebres discursos en Barbastro, cuando esperando todos hablase de política, escuchan, un tanto decepcionados, que Costa habla de política hidráulica, política educacional, política agraria. Y cuando, líder del partido republicano, pronuncia el 12 de febrero de 1906 en el Teatro Pignatelli de Zaragoza su célebre discurso con motivo de la Asamblea municipal republicana, advierte a quienes va a lanzar como apóstoles de su idea, de los peligros de convetirse en unos doctrinarios cualquiera. «Conste ahora —decía— que en esto hablo por mi exclusiva cuenta, sin responder de que piense del mismo modo la mayoría del partido. He sido interrogado, soy leal y digo lealmente lo que pienso. Pero sí quiero decir, sobre todo, que en un partido republicano navalista y militarista (formado a la contra de las circunstancias en que nos ha colocado la Historia) sería un doctrinarismo más, tan pernicioso y destructor como los que desde 1833 nos han gobernado.»

Y serán estas mismas razones las que le llevarán a reaccionar duramente contra aquella insólita afirmación de Cánovas de que «para salvar el honor español en Cuba, hay que gastar la última peseta y el último hombre». Basta ya de doctrinarismos. Ellos son la causa del lamentable estado en que se encuentra el país. Frente a la «política de peso muerto, que es cabalmente la de lujo y la que nos arruina, existe otra política humilde, barata, casi gratuita, que, sin embargo, abraza más de las cuatro quintas partes de la vida de los españoles, y tan viva como la que representa la escuela de niños, el juzgado municipal, el servicio militar, el socorro del pobre y los caminos vecinales; y que todo debe descender a ese nivel —todo menos el juzgado municipal, menos la escuela de los niños, menos las instituciones de previsión, menos los caminos vecinales, menos el servicio militar».

Perspectiva de concreción que será la que igualmente le facilitará la argumentación última de aquel bellísimo discurso Crisis política de España, pronunciado al actuar como mantenedor de los Juegos florales de Salamanca. Página realmente antológica y que, no obstante recoger íntegramente este volumen el citado discurso, merece la pena transcribir aquí: «Deshinchemos esos grandes nombres, Sagunto, Numancia, Otumba, [Pg. XXVI] Lepanto, con que se envenena a nuestra juventud en las escuelas, y pasémosles una esponja. Desmontemos de su pedestal al Gran Capitán y al Duque de Alba, a Leyva y Hernán Cortés, a Alejandro Farnesio y D. Juan de Austria y elevemos a él a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, a Cisneros, a Legazpi, a Hernández de Oviedo, a Lacerda, a Vives y Vitoria, a Antonio Agustín, a Servet, al P. Salvatierra, a Pedro de Valencia, a San José de Calasanz, a Belluga y Olavide, a Campomanes, a Floridablanca, a Aranda y Pignatelli, a Flores Estrada, a todos esos que caminaron en todo o en parte por la derecha vía y en cuyos pensamientos y en cuyas obras podían haberse tomado rumbo y encendido su lámpara los creyentes en una España nueva». Su planteamiento queda claro. Desde él pasará a concluir con aquella conocida página de hondo saber patriótico, que constituye una auténtica incitación a la empresa conjunta y colectiva de la necesaria renovación del país. El honor y la seguridad de la nación no está sólo en manos de los que pastorean la cabaña, de los que arrastran el minetierra, de los que cavan la viña, de los que plantan el naranjo, de los que pastorean la cabaña, de los que arastran el mineral, de los que forjan el hierro, de los que equipan la nave, de los que tejen el algodón, de los que conducen el tren, de los que represan la lluvia, de los que construyen puentes, de los que estampan los libros, de los que acaudalan la ciencia, de los que hacen los hombres y a los ciudadanos educando a la niñez».

Acción política dirigida a alcanzar la liberación del hombre, que debe reconducirse a lo que directa y efectivamente tienda a ello. Sobran palabras, son necesarias realidades. Es la política de las cosas. Gobernar por actos; no por leyes. «Con las que tenemos —dice—, hay bastantes, no digo sólo para hacer la requerida revolución, sino para hacer media docena de revoluciones, y aún sobrarían muchas arrobas para la exportación». La clave está en que las leyes sean efectivamente aplicadas, impidiendo «las embestidas del caciquismo que las bastardeó o soslayó o las retorció o las hizo caer en desuso... No ha habido gobernantes con hueso, sino que han sido de caucho, pues al encontrarse enfrente de la enfermedad, nacida de infracciones sistemáticas y acumuladas, en vez de empuñar el bisturí, se engañaban agitando los brazos y articulando un proycto de ley nuevo que sustituyera a la incumplida, a sabiendas de que en política no vale más que en medicina cambiar de [Pg. XXVII] postura: de que, quien no había sabido asegurar la efectividad de la primera ley, tampoco había de saber hacer efectiva la segunda; de que si la una, por falta de hombres, había sido letra muerta, letra muerta había de ser también la segunda por las mismas razones.

Regeneración es el lema. Esta palabra, sin embargo, tal y como notó Ortega, «no vino sola a la conciencia española: apenas se comienza a hablar de regeneración, se empieza a hablar de europeización. Uniendo fuertemente ambas palabras, don Joaquín Costa labró para siempre el escudo de aquellas esperanzas peninsulares...». La europeización es nota muy singular y específica del pensamiento de Costa que, además, lo matiza y diferencia del de otros autores.

Europa como hipótesis o, más propiamente, como meta. Diríase que Costa se enfrenta con ella como con un mundo del que hay tanto que aprender y que, dice, nos produce la impresión de algo inaccesible, atmósfera casi de otro planeta. Las referencias al tema de la necesaria europeización son constantes: «Agricultores, a europeizarse» es el título de su artículo en «El Ribagorzano» del 15 de diciembre de 1904. Sólo Europa —y la Escuela— pueden desenvolver la mentalidad de los españoles. De ahí que volver su cerebro de ambiente europeo sea, ni más ni menos, que el primero de los criterios de gobierno propugnados por Costa.

Esta es, de todas, la tarea más urgente a llevar a cabo. «No hay otra llave para abrir el porvenir de la patria.» Aproximación a Europa que debe comenzar por ser una aproximación cultural. «Colegios en el extranjero, como el de París, el de Bolonia para que los españoles aprendan a emplear la cabeza y mejoren de regreso nuestras formas de vida.» Se trata siempre, como puede verse, de sacar unas consecuencias prácticas y concretas. Sólo mediante un cambio en esta dirección «se le reconoce a un pueblo beligerante, sólo así se le respeta su autarquía, porque el mundo ya no admite más naciones decorativas, por muy pintorescos que sean sus trajes y sus bailes, por muy romancesco y divertido que sea su pasado, sino que todas las posibilidades van quedando encerradas en este dilema prosaico: "o se sirve para la civilización o no se sirve"».

En la línea argumental de nuestra obligada europeización hay todo un conjunto de sugerencias del mayor interés. Como base de todas ellas, la necesidad de una acción cultural inmediata, [Pg. XXVIII] que presenta un doble flujo. Por una parte, en cuanto tal acción, es presupuesto para alcanzar la europeización propuesta, nos ayuda a llegar a esa meta. Por otra, en cuanto se trata de asimilar experiencia adquirida más allá de nuestras fronteras. Europeización, sin desespañolizar. Acción cultural: «España —escribe— tiene que encerrarse en las Escuelas y en la Universidad como en un nuevo claustro materno, atada por la manía del silabario, la manía de los libros de Ciencia, como en otro tiempo Don Quijote de la de los libros de caballería, y no salir de allí hasta que, como al gusano de seda, le hayan salido las alas, hasta que se haya dado una cabeza nueva».

* * *

Las diferenciaciones y matices que he tratado de recoger a lo largo de estas páginas han podido ayudarnos a conseguir la aproximación que pretendía al pensamiento de Joaquín Costa, tal y como expresé el comienzo. No ha sido otro mi intento; tampoco hubiera podido asumir tarea diferente en unas páginas preliminares. Una conclusión global me parece debe quedar muy clara: es la de la imposibilidad de fragmentar cualquier interpretación que trate de realizarse, asumiendo sólo aspectos parciales de obra tan vasta y compleja como la de Costa. Y en su pensamiento político, sólo una permanente y constante preocupación: si siguiendo a D. Gumersindo de Azcárate alguien se preguntara cuál era tal preocupación, no podría haber más que una sola respuesta: «España». Toda su obra cobra sentido desde esta perspectiva: España. Por eso, continúa diciendo Azcárate, Costa «se dedicó a estudiar su pasado, a enaltecer sus glorias..., a señalar el retroceso y la decadencia en que [después]... ha caído y... a tronar indignado contra los que agravan los males existentes y contra los que nada hacen por remediarlo». Esta es, en síntesis, la razón última, la explicación misma de toda su obra y, diría también, de su propia vida.

NOTA.— Es muy creciente la atención que en los últimos años está teniendo el estudio de la obra de Costa, tanto desde una perspectiva de conjunto como en relación con aspectos parciales de la misma. En la breve presentación que, tratando de situar cada uno de ellos, [Pg. XXIX] hago de los diferentes trabajos recogidos en este volumen, refiero ya en ocasiones una sucinta bibliografía.

Ahora aludiré, pues, únicamente, a referencias bibliográficas de carácter general, que puedan ayudar a una mejor comprensión de los temas tratados en las páginas precedentes.

En relación con el contexto histórico de la obra de Costa, vid. el excelente análisis que recoge J. M. GARCÍA ESCUDERO, Historia política de las dos Españas, I, Madrid, 1976. Por lo que se refiere al impacto cultural de la misma, cfr., también con carácter general, J. MARÍAS, Ortega, I, Madrid, 1960, en toda su primera parte. Desde el punto de vista biográfico debe destacarse G. J. G. CHEYNE, Joaquín Costa. El gran desconocido, Barcelona, 1971. Planteamientos de carácter general de la vida y de la obra de Costa en C. MARTÍN RETORTILLO, Joaquín Costa, propulsor de la reconstrucción nacional, Barcelona, 1961; R. PÉREZ DE LA DEHESA, El pensamiento de Costa y su influencia en el 98, Madrid, 1966; y E. VALLES DE LAS CUEVAS, La Revolución en España y Joaquín Costa, Huesca, 1976.

Una interpretación del pensamiento de Costa que podemos calificar de casi auténtica, en el opúsculo citado G. DE AZCÁRATE, Necrología del señor Don Joaquín Costa Martínez, escrita por encargo de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1919. En relación con los juicios de algunos autores que quedan recogidos en el texto, vid. R. ALTAMIRA, Hechos y hombres de España, Madrid, 1928; E. DE HINOJOSA, Joaquín Costa como historiador del Derecho, en «An. Hist. del Derecho español», II, 1925; J. G. DE AZCÁRATE, Educación y Enseñanza según Costa que, publicado inicialmente en el «Bol. de la Institución Libre de Enseñanza», n.º 720, Madrid, marzo 1920, ha sido recogido posteriormente en la «Rev. de Educación», mayo-junio 1974.

En relación con los aspectos estrictamente jurídicos de la obra de Costa, vid., además de las obras citadas de DE AZCÁRATE y VALLÉS DE LAS CUEVAS, el riguroso estudio del N. M. LÓPEZ CALERA, Joaquín Costa filósofo del Derecho, Zaragoza, 1965; también A. GIL NOVALES, Derecho y Revolución en el pensamiento de Joaquín Costa, Madrid, 1965, y J. DELGADO ECHEVARRÍA, Joaquín Costa y el Derecho aragonés. Libertad civil, costumbre y codificación, Zaragoza, 1978. Las citas que recojo de LEGAZ LACAMBRA están tomadas de su trabajo Libertad política y libertad civil según Joaquín Costa, en «Rev. Estudios Políticos», XVI, 1946; vid. también del mismo autor, El pensamiento social de Joaquín Costa, en «Rev. Internacional de Sociología», 1947, núms. 18 y 19.

Sobre la preocupación educativa de Costa, a la que aludo en el texto, cfr., además del último trabajo citado de D. G. DE AZCÁRATE, E. FERNÁNDEZ CLEMENTE, Educación y Revolución en Joaquín Costa, Madrid, 1968. Sobre el impacto del pensamiento de Costa en este ámbito, vid. M. SAMANIEGO BONEU, La política educativa de la segunda República, Madrid, 1977.

Alusiones abundantes a algunos de los trabajos recogidos en este volumen aparecen en Confidencias políticas y personales: Epistolario Joaquín Costa-Manuel Bescós (1899-1920), ed. G. J. G. CHEYNE, Zaragoza, [Pg. XXX] 1979. Tenemos aquí reflejado el testimonio directo del propio Costa sobre el impacto de algunas de sus actuaciones más características.

Desde la perspectiva de la interpretación política de la obra de Costa, a la que aludo críticamente en las páginas anteriores, vid., entre otros, E. TIERNO GALVÁN, Costa y el regeneracionismo, Barcelona, 1961, A. HERNÁNDEZ, Costa: el solitario de Graus, en «Comunidad Ibérica», México, 1967, 26; A. SABORIT, Joaquín Costa y el socialismo, Madrid, 1970.

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Notas


[Pg. XV](*) Constituye un documento de extraordinario valor la Necrología del Señor Don Joaquín Costa Martínez que escribiera D. Gumersindo DE AZCÁRATE para la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1919, 68 págs. En la primera parte de la misma se reproducen unas notas inéditas de J. Costa que su hermano Tomás facilitara a don Gumersindo DE AZCÁRATE. La que transcribimos es una de ellas; son varias las que expresan análogos sentimientos e inquietudes.

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