2.° Juan Bautista Colbert

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Páginas: 126 a132

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[Pg. 126] § 2. JUAN BAUTISTA COLBERT

Uno de los más potentes y geniales artistas de naciones que registra la historia de la humanidad ha sido Colbert, ministro universal de Francia hace poco más de dos siglos, en el reinado de Luis XIV.

El concepto en que el vulgo tiene a este gran reformador es el de ministro de Hacienda, pero sin motivo; llevaba en el cerebro y concentraba en su mano todo un Consejo de Ministros. Era ministro de Hacienda de la nación, además de administrador del patrimonio del rey; era ministro de Fomento, tanto o más que de Hacienda, como que basaba el desempeño y la prosperidad de ésta en el desarrollo y multiplicación de las fortunas privadas; era ministro de Marina, de Ultramar, de la Gobernación, de Gracia y Justicia. De su vocación para el Gobierno, de su pasmosa fuerza de voluntad, de su resistencia física, puede formarse idea sabiendo que, en todos esos ramos, que en todas esas esferas, su acción fue personalísima, sin que se confiara nunca, según uso, a los secretarios. Invariablemente, en toda estación, poníase a trabajar a las cinco y media de la mañana, y no suspendía la faena hasta las nueve y media de la noche. Durante veintidós años estuvo trabajando ¡dieciséis horas diarias! E igual abrumadora jornada imponía a sus empleados.

Constituían la nota predominante de su carácter la tenacidad y la dureza. Tardo y laborioso en la concepción, luego que [Pg. 127] había madurado un proyecto lanzábase súbito a la ejecución con el arranque ciego y violento de una fuerza natural, desbordado de impaciencia, arrollándolo todo, sin que nada ni nadie lo detuviese; probo y honrado a toda ley, apasionado del bien y de la justicia, fanático de la grandeza de Francia y poseído de su misión, desplegaba en la ejecución de sus pensamientos una impetuosidad áspera, a menudo cruel: «Una verdadera ferocidad en el bien», que dice alguno de sus biógrafos.

El secreto de su éxito estribó, en gran parte, en la larga preparación que se había dado antes de alcanzar el poder. Los diez años que pasó al servicio de su antecesor, el Cardenal Mazarino, diéronle una gran experiencia de los negocios. Lleno de fe en sus destinos futuros y en previsión de que alguna vez pudiera ser ministro, había venido elaborando pacientemente un plan completo de gobierno; y gracias a esto, desde el instante en que el Rey le confió el anhelado cargo, pudo caminar con la seguridad y el desembarazo de una persona ducha en el oficio; no tuvo que proceder por improvisaciones y tanteos, tan peligrosos aquí donde la materia primera son hombres y colectividades humanas. No llevó al Ministerio un programa escrito en una columna de la Gaceta, compuesto de líneas generales y de enunciados vagos: llevó un programa gacetable. Así, una de las cosas que más admiran en Colbert los historiadores es la rapidez con que puso por obra las más arduas y atrevidas reformas al punto en que empuñó las riendas de la gobernación y quedó dueño de los destinos del país.

El estado de Francia al advenimiento de Colbert ofrecía grandes puntos de semejanza con el de la España de Enrique IV al advenimiento de los Reyes Católicos. La Hacienda pública era un caos; la sociedad, acabada imagen de la anarquía. El bandolerismo de las clases que intervenían en el manejo de los caudales públicos, desde el ministro hasta el último recaudador, habían reducido a la plebe, sobre quien gravitaba la carga de los tributos, a una condición que apenas difería de la del salvajismo. Ni Sully, ni Richelieu, ni Mazarino habían acertado a encauzar la Hacienda pública y redimirla de su postración; el Erario vivía de anticipos sobre las rentas futuras: el día de la elevación de Colbert iban ya empeñados [Pg. 128] los ingresos de dos años. El fraude y la malversación formaban sistema. La nación estaba a dos dedos de la bancarrota.

El resultado de la obra de Colbert fue éste: introducido el orden en el caos; una Francia nueva, levantada al más alto grado de prosperidad, hecha la nación más rica y fuerte de Europa; disminuida la deuda pública, rebajados los tributos, aumentados los ingresos, un presupuesto con superávit de muchos millones. El molde en que Colbert troqueló la nacionalidad, la organización que le dio, fueron tan consistentes, que subsistieron hasta la Revolución y en gran parte han llegado hasta nuestros días.

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Inauguró la ejecución de su plan regenerador por una medida inquisitorial, que los antecedentes hacían justa y las circunstancias obligada: lo que el pueblo calificó con la pintoresca denominación de «caza de los ladrones»; una revisión de las fortunas de los financiers, arrendatarios de rentas y agentes fiscales. Dos meses hacía nada más que se había deshecho de su rival Fouquet, cuando instituyó una chambre o tribunal especial para la investigación de los abusos y malversaciones cometidas en los veinticinco años anteriores por cuantos habían administrado rentas y bienes del Estado y abusado del estado aflictivo de la Hacienda. Esta providencia alcanzó a medio millar de sospechosos, arrendatarios y agentes, y produjo en ellos una verdadera razzia. Obligóseles a que acreditaran en término de ocho días el origen de su fortuna, bajo pena de confiscación. Dirigióse al pueblo un manifiesto, firmado por el Rey, que fue leído en todas las parroquias de Francia, excitando al pueblo a la delación; agentes numerosos del ministro recorrieron las provincias, con objeto de estimular y dar seguridades a los denunciadores. En algunas partes, como en Borgoña, el pueblo se organizó para ayudar al ministro en la represión de los abusos y fraudes. Por consecuencia de esta cacería, muchos de los financiers y de sus agentes murieron en la horca; muchos otros obtuvieron la libertad mediante rescate; y en breve tiempo fueron restituidos al Erario 110 millones de libras, que era más de lo que importaba la recaudación de un año en toda Francia.

[Pg. 129] La ciudad misma de París estuvo durante algún tiempo bajo el imperio de lo que se ha llamado después la terreur de Colbert, tan grata a la muchedumbre. El gran restaurador de Francia sentía una prevención invencible contra la burguesía de los rentistas y contra los empleados, considerándolos como parásitos que se sustentaban del sudor del pueblo; y tomó a pechos disminuir su número o mermarles los provechos. Al efecto, decretó y llevó a cabo una revisión de las rentas, esto es, una investigación de todas las deudas públicas, y a aquellas que resultaron usurarias les rebajó el interés, aplicando al Estado las leyes civiles sobre menor edad y restitución in integrum. Equivalía esto a cerrarse las puertas del crédito para lo sucesivo; pero él tenía ya descontado este inconveniente, resuelto como estaba a pasarse sin empréstitos. Con aquella medida obtuvo una economía de ocho millones anuales de libras. En cuanto a los funcionarios, calculó que había 35.000, donde 6.000 eran muy sobrados, y redujo su número sin misericordia, reintegrándoles el tono o parte de lo que habían dado por el cargo, cuando se trataba de oficiales enajenados de la Corona. Con estas providencias obtuvo dos beneficios: economías en los réditos satisfechos en forma de sueldos o asignaciones, y aumento del número de contribuyentes.

Persiguió a la aristocracia municipal, como había perseguido al partido de los financiers, sometiendo a revisión las deudas de los Concejos. Los caciques y prepotentes de campanario, que habían imitado las prácticas de los publicanos, fueron duramente castigados. Rescindió los contratos de arrendamiento de los impuesto municipales, no obstante las protestas de los acreedores y el clamoreo de las ciudades, que invocaban sus privilegios y su independencia administrativa. Halló una nueva fuente de riqueza en la gaveta de los usurpadores de títulos nobiliarios, imponiendo crecidas multas y haciendo entrar en el derecho común para el pago de tributos a infinidad de regidores y burgueses que se habían abrogado, junto con la nobleza, el privilegio de las exenciones fiscales.

Una de las bases cardinales de su sistema rentístico consistía en rebajar los tipos de tributación para que el ingreso total fuese más elevado. Atento a favorecer al pueblo trabajador, introdujo primeramente aquella atrevida innovación en la taille, subsidio sobre las explotaciones rurales y sobre las bebidas, [Pg. 130] reduciéndola en un 33 por 100; reformó asimismo la gabelle, tributo del labriego, aminorándolo, haciendo menos arbitrario el reparto y menos dura la exacción. El resultado de aquella rebaja fue que ya en los dos primeros años aumentara la cifra del ingreso en algunos millones. Con la mira de gravar indirectamente, ya que de otro modo no podía hacerlo, a los privilegiados, dio un desarrollo excesivo al impuesto de consumos.

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Queda insinuado que Colbert no fue un ministro de Hacienda en el sentido moderno de la palabra y el cargo; que su Ministerio fue complejo y orgánico, abarcando el conjunto entero de la vida de la nación y de los nacionales. Era doctrina suya la misma que ahora sustenta nuestra Liga y ha sido consignada en su Manifiesto del pasado mes 2. «Este ilustre ministro —dice Blanqui— comprendió temprano que el medio más eficaz de prosperar la fortuna pública consistía en estimular la fortuna particular y abrir a la producción las vías más liberales y amplias; su mayor mérito consistió en haber acertado a poner en perfecta armonía todos los elementos necesarios para asegurarse el éxito.» «La gloria de Colbert —expresa de otro modo M. Cochut— está en haber basado el aumento de los ingresos públicos en el acrecentamiento de la riqueza nacional; el conjunto de sus reformas, y hasta sus errores administrativos, no son sino un desenvolvimiento exagerado de ese principio.» Por tal camino, «la reforma financiera había de llevarle, y le llevó naturalmente, a la reforma social, económica y mercantil, creando una Francia nueva».

De ahí el empeño que puso en abatir a la nobleza y a la clase de hidalgos que oprimían a los campesinos, y en proteger y redimir a los humildes y a los desheredados, reconociendo en ellos los instrumentos efectivos de toda producción. Rebajó los tributos a los labriegos; privilegió sus ganados, de forma que no les pudieran ser embargados por débitos de la Hacienda [Pg. 131] y ni siquiera por deudas privadas; puso paradas de caballos y bueyes sementales; creó el servicio de inspección de montes y aguas; desecó terrenos pantanosos; dictó providencias para el aumento de la población; fundó las primeras casas de expósitos; decretó el establecimiento en todas las ciudades y lugares del reino, de hospicios para los enfermos, con la misión, además, de enseñar a los huérfanos un oficio.

De ahí también la resurrección forzada, artificial, de las manufacturas, con que transformó a Francia en una gran potencia industrial, haciendo por algún tiempo tributaria de sus fábricas a toda Europa y oponiendo a la propiedad territorial y nobiliaria un rival formidable.

De ahí el impulso dado a la viabilidad, cruzando el país de caminos y de canales de navegación, entre los cuales es famoso el de Languedoc, con sus 75 esclusas y sus 54 leguas de longitud.

Al par de la industria promovió con medidas protectoras el desarrollo de la marina mercante, que antes de Luis XIV apenas si existía. Creó y mejoró diversos puertos comerciales. Regularizó la institución de los consulados. Fomentó los seguros marítimos. Mejoró la fabricación de la moneda. Perfeccionó y abarató el servicio de correos. Dictó la inmortal Ordenanza de 1673, primer Código de Comercio que ha disfrutado Francia; y de igual modo la Ordenanza de la Marina, regularizando el comercio marítimo.

Como ministro de Marina creó una escuadra formidable, que acabó con el predominio marítimo de Inglaterra, y la completó con diversas instituciones navales, que han sido la base del poderío naval de Francia hasta nuestros días. Supo inspirar a la nobleza la pasión por el mar. Mandó colonias al Canadá, a Madagascar y a Cayena.

Como ministro de Gracia y Justicia, que diríamos, promovió la reforma de las leyes civiles, penales, mercantiles y de enjuiciamiento, tomando parte personal en las deliberaciones de los legistas y dando normas que han regido a Francia hasta mediados de la presente centuria. Reprimió los vuelos de la gente de curia, mermándoles los ingresos, no obstante que los magistrados, unidos a los pudientes en algunas ciudades, se revolvieron contra la reforma.

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[Pg. 132] Para que una nación no retroceda ni se estanque ni comprometa el puesto de primera potencia que una vez haya adquirido, riquezas y fuerza son insuficientes. Colbert lo sabía y no se olvidó de fomentar en grande la alta investigación científica, creando el Observatorio astronómico y las dos Academias de Ciencias y de Inscripciones, además de la Escuela de Roma.

También se le deben el Louvre, Versailles, los Inválidos, etcétera, construidos por iniciativa suya y bajo su inspección inmediata.

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El «partido de la guerra», acaudillado por Louvois, que lisonjeaba la pasión del Rey por las glorias militares, malogró en gran parte la obra redentora de Colbert, en su aspecto financiero principalmente; y la Hacienda francesa regresó a su anterior desorden, en vida aún del que había sido su restaurador. Lo sucedido entonces, durante la guerra general que siguió a la campaña de Holanda, los arbitrios irracionales a que el mismo Colbert, para no caer en desgracia, tuvo que recurrir; los levantamientos que provocaron en provincias; los castigos tremendos con que hubieron de ser reprimidos; la impopularidad que fue condensándose injustamente sobre la frente del anciano ministro, y que estalló con caracteres de gravedad el día de su muerte, precipitada por ingratitudes del monarca, encierran una lección que hará mal en desaprovechar quien aspire a dirigir como gobernante la vida pública de un pueblo.

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Notas


[Pg. 130]2 MANIFIESTO de la «Liga Nacional de Productores» al país; 10 de abril de 1899, publicado en el núm. 1.º de Revista Nacional, órgano de aquella Liga, y en el libro Reconstitución y europeización de España, Madrid, 1900, págs. 111-143.

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